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El Mundial efímero del Pato Merlín

Cada cuatro años un mundial de futbol centra nuestra atención. Las conversaciones giran alrededor de un gol, de un árbitro, de una estadística, y ahora paradójicamente de un pato icónico que se acompaña de la ilusión del ¿y si sí? Colectivamente se sueña con la gloria deportiva de una Selección Nacional, que a mi parecer no es nacional, sino un producto mercantil de la FIFA y de quienes manejan los equipos de la Liga. Cada cuatro años, la atención es tal, que millones de personas organizan sus horarios, un fenómeno que en México hace unas semanas alcanzó una dimensión desmedida cuando se decretó la suspensión de actividades laborales y educativas de manera presencial; la justificación fue facilitar la movilidad y evitar el colapso vial, pero más allá de las razones logísticas, el hecho revela hasta qué punto un espectáculo deportivo alterara la vida de una ciudad trastornando el ritmo del trabajo, la educación y los servicios públicos.

Esto se entiende porque los partidos de fútbol han dejado de ser únicamente un evento deportivo para convertirse en una manipulación colectiva que arrastra con tal empuje, que el mismo juego de pelota, ese ritual ancestral de México, que aún es identitario para muchas comunidades rurales se transforma para dar sentido a un discurso de consumo futbolero con el lema “la pelota vuelve a casa”, expresión promovido[1] que argumenta que el ollamalistli regresa con la Copa Mundial de la FIFA 2026, se equivocan porque compartir una pelota no implica una continuidad histórica; para colmo de desventuras de esta campaña de comunicación, el lema se hizo acompañar de un ajolote de color morado, paradójicamente la narrativa de este place branding sucumbió en popularidad ante la espontaneidad del Pato Merlín.

No detesto al fútbol, de niño lo jugué en la calle con mis amigos. Disfruté aquellos partidos improvisados donde lo importante era convivir, reír y regresar a casa transpirado y satisfecho. Aquello era el deporte en su expresión más sencilla: movimiento, amistad y competencia. Mi desapego es al fútbol comercial frente al televisor, fue en mi juventud cuando pasaba horas animando al Atlas, hasta que me di cuenta de que nunca llegaba el triunfo, -aunque después de 70 años si lo lograron- así también sucede con la “Selección Nacional”, van cuatro décadas de frustración con la quimera del quinto partido.

En estas fechas fueron noticia los alegatos de la FIFA por derechos comerciales, de transmisión, de palcos y de propiedad intelectual; me queda claro que el fútbol ha dejado de ser un deporte para convertirse en una industria que nos devora para satisfacer su apetito comercial. Ya vimos al presidente de la FIFA que se mostró complaciente en los palcos del Estadio Ciudad de México acompañado de veteranas  “estrellas” del fútbol nacional, que ahora se transforman en un vehículo de consumo que promueve desde materiales de construcción hasta una casa de apuestas.[2]

Estas líneas no cuestionan el talento de los futbolistas ni el legítimo derecho de millones de personas a disfrutar un espectáculo. Lo que me inquieta es la facilidad con la que se manejó a la población, sobre todo a la infancia, frente a mi casa hay una escuela de educación preescolar, he escuchado como los niños gritaban porras a México durante este campeonato, no me parece que esa euforia inducida sea conveniente a tan temprana edad. Los niños asimilan la intensidad con la que los adultos defienden los colores de la camiseta nacional. Ya José Ortega y Gasset advirtió, hace casi un siglo, que el mayor riesgo de la modernidad no era la desaparición del individuo, sino su absorción por la masa.[3]  El espectáculo multitudinario se apodera de la vida pública, desplazando a la cultura tradicional y convirtiéndose en un nuevo “lenguaje universal” capaz de congregar a millones, no para un beneficio colectivo sino para fines del mercado, esto es del consumo.

Disfrutar de un partido de fútbol en el pasado mundial no significó renunciar a la sensatez, eso sería una simplificación injusta. Lo que pienso es que todo fenómeno capaz de movilizar emocionalmente a millones de personas merece de un análisis crítico. En su momento Erich Fromm abordó esta conducta advirtiendo que las mayorías encuentran tranquilidad al diluir su individualidad dentro de un grupo, en un conformismo propio de la sociedad moderna donde el individuo renuncia a su personalidad única y adopta patrones culturales y de consumo predominantes para ser “como los demás”.[4]

La pertenencia a un colectivo que grita eufórico en las calles de la gran urbe frente a una pantalla gigante, ofrece a quienes ahí se congregan de una efímera seguridad que por un momento permite refugiarse de la adversidad cotidiana al compartir símbolos, himnos, colores, victorias y desmanes. La convocatoria para reunirse en plazas las públicas y en las calles otorga al participante de una sensación de identidad emocionalmente poderosa que se contrapone a la angustia del aislamiento cotidiano de una urbe cada vez más deshumanizada.

Los sujetos en el hacinamiento renuncian a su autonomía y se refugian en la ansiedad colectiva por alcanzar el triunfo al que asumen como propio. Recientemente se alcanzaron momentos delicados, cuando el fanatismo extremo desembocó en un mecanismo de escape, destrucción, violencia y anonimato que disolvió la responsabilidad individual y desembocó en una turba que alteró el orden público.

El problema no es el fútbol; es la facilidad con la que la identidad de la persona se diluye en la euforia colectiva. Como observó Gustave Le Bon en Psicología de las multitudes, el individuo inmerso en una multitud experimenta una disminución de su sentido de responsabilidad personal y actúa influido por la emoción compartida más que por la reflexión.

Se celebra la victoria en la cancha como una conquista personal, es el triunfo que alegra, pero no modifica porque no conduce a nada. Los comentaristas del espectáculo televisivo argumentan que apoyar a la Selección Nacional es la conducta esperada de todo ciudadano. No comparto esa idea. El amor a una nación difícilmente puede reducirse a vestir una camiseta durante noventa minutos. El amor a México se manifiesta con el trabajo, la honestidad, y el respeto a la ley entre otros valores cívicos.

La voracidad del mercado fue tal, que se apuntaron cambios “innovadores al reglamento” como la pausa de hidratación. La fifa continúa perfeccionando su capacidad para transformar emociones en rentabilidad. Desde las cadenas de televisión y los estados se construye un ecosistema económico extraordinariamente eficiente.

No es un delito; es simplemente la lógica del mercado, donde el objetivo de esa industria no es fortalecer al ser humano, sino mantener su atención, porque en la economía contemporánea, la atención es uno de los bienes más valiosos.  Tan obvia y desmedida es esta codicia, que las marcas comerciales implantan su sello en las camisetas de los clubes de la liga profesional, se confirma como el deporte se ha transformado en una maquinaria económica de dimensiones colosales.

Estas líneas no constituyen una queja ni surgen del disgusto. Son, simplemente, un intento por comprender un fenómeno social de enorme influencia. Cierto es que mantengo una clara disonancia de valores con el discurso que rodea a la comercialización y el oportunismo asociados a este evento, pero mi propósito no es condenarlo, sino analizarlo. Así que el revelador caso del Pato Merlín me ha impulsado a estas líneas, pues ese humilde, coloquial e irreverente personaje ha trascendido su condición de mascota para convertirse en una mercancía, al grado de que su imagen requirió ser registrada ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial para proteger a sus dueños de la especulación ajena, la cosificación del Pato Merlín ilustra cómo incluso los símbolos más espontáneos pueden ser absorbidos por la lógica de la mercadotecnia. Mi intención, en última instancia, es invitar a la reflexión sobre la manera en que los grandes espectáculos moldean nuestras emociones, nuestras identidades y nuestras prioridades colectivas.

Arturo Montero, julio 19 de 2026

 

Citas

[1]  Véase en la sección Confabulario del periódico El Universal, el artículo de Judith Amadador Tello “Juego de pelota prehispánico: del ritual al consumo futbolero” del 14 de junio de 2026.

[2] Cfr. las 221 tesis de Guy Debord, en La sociedad del espectáculo, 1967.

[3] Véase José Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, 1930.

[4] Confróntese a Erich Fromm en El miedo a la libertad, 1941.

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